lunes, 17 de agosto de 2015

El sillón verde




En una amplia habitación, ¿cuántas personas hay?

De un lado, mis nuevos amigos. Sus ropas son anaranjadas. Son cerca de veinte: la gente que he conocido este año.

Del otro lado, unos doce amigos que he conseguido arrastrar durante unos años. Con ropas violeta.

Y dos horas después se han mezclado
en el ambiente caldeado
y lleno de espejos, y disfrutan de las conversaciones y los cócteles.

Con la luz de puticlub que he instalado todo se ve con tonos rojizos. Sostenemos nuestras bebidas y fluimos calculando, si eso es posible.

Entran en la estancia invitados de mis invitados. Van de verde, pero no por mucho tiempo. Sonríen.

Una chica de verde fosforito neón
se sienta en el sillón.
Qué desazón.

Lleva un abrigo gigante, herencia de algún familiar muerto.

El resto beben y bailan y se integran en un mismo tono rojo. Se están homogeneizando muy bien.

La chica del sillón no se quita el abrigo. Tiene la piel fría y suave y mira por todos los rincones de sus ojos. Se esconde bajo sus párpados. Le intento calentar las manos, que pasan de sólido a líquido a gaseoso.

Se ha evaporado y ha dejado el sillón teñido de verde para siempre.

A la mañana siguiente todo está cubierto de vasos y copas; cristales bañados por la suave luz de las nueve.

El sillón también se ha evaporado, y con él parte del suelo y la pared. Pero sigue siendo verde, en algún sitio.